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Sostenibilidad Ambiental


Con regalías se blindan los páramos y las fábricas de agua en Cundinamarca

Las familias que habitan en los páramos de Guerrero, Chingaza y Sumapaz, saben que en su interior existen grandes depósitos de agua, son ricos en flora y fauna y que de su cuidado depende que los recursos naturales nunca se agoten.

Quienes viven en esos lugares conocen bien la importancia del terreno que habitan, pues son sitios estratégicos y no dejan de aprender nuevas cosas que contribuyan a su defensa y protección.

Por todos estos ecosistemas, ubicados a los largo y ancho del territorio nacional, Colombia es un país privilegiado. Sólo cinco países del mundo tienen páramos y Colombia posee más del 50 por ciento de estas áreas.

Para establecer un esquema de conservación de alta montaña desde un enfoque participativo e integral, la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá desarrolló el proyecto de Conservación, restauración y uso sostenible de servicios ecosistémicos entre los páramos de Guerrero, Chingaza, Sumapaz, los Cerros Orientales y su área de influencia, para que los campesinos conocieran mejor su territorio, lo apropiaran y lo aprovecharan de mejor manera sin afectar el medio ambiente que les rodea.

Rolando Higuita Rodríguez, director de Gestión Ambiental del Sistema Hídrico de la Empresa de Acueducto de Bogotá, asegura que esta iniciativa tuvo tres elementos fundamentales: “conservar los páramos de la región, conservar el agua que es el elemento vital para el desarrollo y sostenimiento de todos en nuestra ciudad y poder apoyar a los habitantes del territorio en una forma de relacionamiento nuevo con la naturaleza”.

En total se invirtieron $57.912 millones del Sistema General de Regalías (SGR), recursos que beneficiaron a 1.066 familias con las que el acueducto trabajó conjuntamente para generar un efecto multiplicador que asegure que las próximas generaciones puedan contar con el recurso hídrico.

Lo primero fue conocer cuáles eran sus principales necesidades, qué debían fortalecer y de esta manera priorizar los ejes de intervención: reconversión productiva, restauración ecológica participativa y gestión socio ambiental.

Camilo Rodríguez, integrante del equipo de gestión socio ambiental del proyecto páramos, sostiene que las comunidades de alta montaña recibieron de buena manera las implementaciones y acciones. “Cuando se hizo el ejercicio de territorialización se les explicó en qué consistía el proyecto, se vieron vinculados a la formulación de las actividades y empezaron a trabajar de una manera satisfactoria”, asegura.

Se identificaron 3.379 especies de plantas, 70 especies de mamíferos, 154 especies de aves y 90 especies de anfibios. Con la implementación del Sistema de Alertas Tempranas (SAT) se lograron observar 46 osos andinos y se sensibilizó sobre la conservación de este animal, vital para mantener el equilibrio del ecosistema de páramo.

Los habitantes han entendido que no es necesario matar los osos, que ambos pueden convivir, cada uno en su espacio, ya que los dos, a su manera, son ‘guardianes’ de la riqueza hídrica.

Para Milton Ramírez participar en el proyecto le permitió entender que los agroquímicos dañan la tierra. Hoy, después de mejorar sus prácticas, tiene una huerta que surte a su familia de alimentos básicos de su canasta familiar: “antes no veíamos cómo un espacio tan pequeño podía ser tan productivo, la huerta es lo más impactante en el momento, cultivamos de manera orgánica, limpia y más tradicional tomate cherry, acelga, apio, aromáticas, lechuga, arveja y cebolla”. Además, aprendieron sobre lombricultura con lo que generan ‘humus’ para abonar la huerta sin usar químicos.

En el proceso de conservación se protegieron 55,37 kilómetros de rondas hídricas, un logro que María Isabel Rodríguez de Chivata, una mujer de 65 años que ha hecho su vida en los páramos, considera muy importante porque pudo sembrar árboles en toda la orilla de la quebrada que pasa por su finca. “Los nacederos hay que cercarlos, no dejar que los destruyan, ahí está la vida, sin agua no viviríamos”, dice.

Con el proyecto se intervinieron 10 municipios de Cundinamarca, dos municipios del Meta y la zona rural de Bogotá, con resultados de gran impacto en los tres ejes de intervención. Es así como se obtuvieron 30 reservas naturales de la sociedad civil, se construyeron y optimizaron seis acueductos para mejorar el acceso de agua potable en comunidades rurales, mejorando de esta manera su calidad de vida, y se implementaron 25 iniciativas de educación ambiental con la participación de la comunidad estudiantil de 13 municipios.

Julián Martínez, de 25 años, destaca como un gran aporte que los jóvenes están volviendo a creer en el campo: “es importante que no se quieran ir, porque, contrario a lo que muchos creen, la sostenibilidad es cuidar el ambiente, pero con la gente viviendo en el territorio”.

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